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20 jul 2010

Democracia venezolana: ¿Y cómo andamos por casa?

by Carlos Salas Lind (Blog la Tercera)

Jul. 20 , 2010

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Todos sabemos que no es bien visto aparecer defendiendo a un régimen controvertido- y cargado de una retórica setentera - como el que encabeza Hugo Chávez.

Aún así, no estoy seguro de que el papel de garantes de la democracia - que un grupo transversal de parlamentarios chilenos asume a puertas de las elecciones legislativas en Venezuela - provenga de una institucionalidad lo suficientemente avanzada como para arrogarse un rol "fiscalizador" del estado de la democracia y la transparencia en otra naciones.

Visto desde afuera, el proceso democrático chileno - a pesar de las grandes divisiones del pasado- ha tenido la capacidad de sostenerse y proyectarse como uno de los más sólidos del continente. En parte, porque el modelo económico chileno ha logrado la adhesión de las grandes corrientes políticas, generando estabilidad macroeconómica y confianza en los mercados internacionales. En materias de Derechos Humanos, hubo un quiebre con un periodo de nuestra historia marcado por la arbitrariedad y graves atropellos a la integridad y seguridad de las personas.

Esta transformación de la institucionalidad chilena es innegable y ha sido recibida con beneplácito por una comunidad internacional que - históricamente - ha abrigado pocas expectativas con esta parte del mundo.

Sin embargo, lo inconcluso no es un tema menor como para seguir ignorándolo. Entre otras falencias, la institucionalidad chilena no ha logrado zafarse de impedimentos y vicios que van en claro detrimento de un desarrollo social y político que nos acerque al primer mundo. A veinte años del retorno a un régimen de normalidad democrática, crecientes sectores ciudadanos se sienten imposibilitados de ejercer influencia en un sistema que en gran medida parece girar en torno a los intereses de una clase política reducida y muy privilegiada.

Atrás ha quedado el asombro de una generación de líderes políticos que veían en la adopción de un sistema electoral - como el binominal - la imposición de un elemento distorsionador y artificioso de la voluntad de la ciudadanía. El precario entusiasmo por modificar una fórmula de elección - que potencia el mantenimiento del mismo orden que limita la competencia - evidencia un conflicto de interés mayor, del cual muy pocos parlamentarios están dispuestos a hacerse cargo. Es decir, "los políticos con calculadora" - a los que tantas veces hizo mención el ex presidente Lagos - en absoluto se limita a describir la actitud de quienes nunca han tenido reparos en reconocer sus simpatías con el sistema.

En el ámbito de la gestión pública, tampoco hemos logrado librarnos de patrones de comportamiento mucho más cercano a los males que empantanan a los países menos desarrollados. En Chile, el mérito personal continúa siendo una variable supeditada a los contactos y cercanía con el poder. La clase política entiende que la ciudadanía exige un uso más eficiente de los recursos públicos, pero aún no asume que un slogan electoral ya ni siquiera puede continuar siendo una respuesta sostenible a mediano plazo.

Peor aún, la nefasta costumbre de un sector de la clase política de despilfarrar recursos que son escasos - asegurando a los más cercanos con medios que no son propios - sigue sobreviviendo a los golpes del desarrollo, posponiendo la implementación de una distribución de la riqueza más justa y efectiva.

En suma, seguimos teniendo un servicio público impermeable a los intereses de los gobernantes de turno, condición que debilita los prospectos de mejoramiento de una gestión que es clave para enfrentar apremiantes necesidades sociales.

Teniendo en cuenta éstas y otras deudas de nuestra institucionalidad, considero el incidente - entre un grupo de parlamentarios chilenos y el gobierno venezolano - como innecesario, contrario a nuestros intereses y falto de auto-crítica.

Los parlamentarios tienen todo el derecho a resguardar un posicionamiento electoral que - progresivamente - exige más creatividad y perseverancia. Pero un posicionamiento - logrado a partir del perfeccionamiento de nuestras propias falencias - genera mayor cohesión política y social, canalizándose en una adhesión ciudadana sostenible y dignificante para la actividad política.

27 sept 2009

Debate: el traspié de Piñera

“Lo que observamos, fue un esquema predecible, falto de retórica e ideas que evidenciaran un desarrollo, un salto cualitativo durante la espera de cuatro años”

Escrito por Carlos Salas Lind


En una elección dominada por candidatos que adhieren, en mayor o menor grado, a los mismos lineamientos económicos (en el caso de Chile, el mantenimiento de una economía abierta), la percepción que los electores indecisos se formen de ellos, podría ser determinante a la hora de definir su voto. Obviamente, esta percepción aumenta en importancia si una contienda electoral, como las elecciones presidenciales de Diciembre, promete ser muy competitiva.

El año 2005, cuando las encuestas solo entregaban a Piñera la tercera opción (después de Michelle Bachelet y Lavín), el exitoso empresario logró desplazar al candidato de la UDI, persuadiendo a un segmento de electores moderados que normalmente no votaban por la Centro-Derecha. Con un mensaje efectivo, sencillo y ameno, Sebastián Piñera consiguió consolidarse como una opción real, forzando, incluso, a la Concertación a posponer las celebraciones de victoria para una segunda vuelta.

Sin embargo hoy, en una posición mucho más privilegiada, el candidato único de la coalición por el cambio se preocupó, personalmente, de poner una nota de mayor suspenso al resultado de unas elecciones que ya han comenzado a polarizar a la opinión pública.

La innegable cercanía programática con sus más cercanos contendores apelaba, nuevamente, a un estilo auténtico, plasmado en un mensaje sólido que reafirmara el inicio de la transición al cambio. En otras palabras, Piñera requería de un discurso que invitara a la renovación, al relanzamiento de un proyecto nacional que inauguraba el término de las dos décadas de historia de la Concertación.

Lo que observamos, en cambio, fue un esquema predecible, falto de retórica e ideas que evidenciaran un desarrollo, un salto cualitativo durante la espera de cuatro años. Algo tenso y con poca naturalidad, el candidato de la oposición parecía preso de esquemas basados en estrategias comunicativas de dudosa calidad.

Por lo visto, se confirmaría, una vez más, que no es muy ventajoso posicionarse como el favorito (y con tanta antelación), en una carrera que amenaza con dejar ‘numerosos heridos’ entre los que resulten derrotados. A primera vista, esa sería la conclusión más inmediata que podría sacarse del poco provechoso debut protagonizado por Sebastián Piñera, en el primer debate de cara a las elecciones presidenciales de Diciembre.

En estas circunstancias, debe haber resultado menos tranquilizador observar la endeble disposición del candidato de la Centro-Derecha, ante el certero, pero predecible golpe del candidato de la Concertación. En esta ocasión, Piñera perdió el debate porque su mediocre presentación terminó marcada por una interpelación que contribuye a mantener presente viejos cuestionamientos a su integridad e imagen. Por cierto, ese instante debería remecer la confianza de quienes desean creer que la apetecida promesa del cambio bastaría para ‘desalojar’ a un adversario desgastado, pero aún formidable.

Como consuelo, los adherentes de la Alianza cuentan con más oportunidades para constatar si el traspié de su representante podrá ser contrarrestado con intervenciones más alentadoras en los siguientes debates presidenciales. Y para tranquilidad de sus partidarios más desilusionados, la poca fructífera participación del candidato de la Coalición por el Cambio, por lo menos no sirvió para pavimentar el camino ‘al estrellato’ de su más serio contendor.

Al contrario, mucho indica que la audacia de Frei, de citar un informe internacional de transparencia (demasiado oportuno y ‘justamente’ de cuestionable transparencia), ya estaría neutralizando sus ganancias a corto plazo. Importante, entonces, tener en cuenta que el estilo confrontacional de Frei podría terminar dañando (e irremediablemente), la imagen de prudencia que debe caracterizar a todo líder que ya ha ocupado la más alta magistratura del país.

Probablemente, algo rescatable para los ansiosos por el cambio, porque a pesar de la débil intervención de Piñera, Frei tampoco ganó un debate monótono que no estuvo a la altura ni en su organización ni desarrollo.

En realidad, la noche de los favoritos terminó convirtiéndose en la velada de los que sueñan con el otro cambio: el fin del monopolio electoral de las dos grandes coaliciones.