7 nov. 2008

LA COLUMNA DE JOSÉ MARTÍNEZ FERNÁNDEZ: “¿DÓNDE VAN A PARAR LOS MUERTOS?”

Escrito por
José Martínez Fernández

Arica tuvo un poeta popular de rancio nombre: Gastón Wasse. Publicó un libro único y pequeño, lleno de poesía sencilla. Debió haber sido en los cincuenta –cuando en un cine de Arica- realizó una lectura de sus poemas. Con gran pasión y fuerza exclamó ante su público un verso: “¿Dónde van a parar los muertos?”. Y allí fue que surgió un “chistosito” que le gritó: “Al cementerio, puh huevón”. El teatro se llenó de carcajadas.

Gastón Wasse fue un poeta popular cuyas creaciones estaban saturadas de poesía muy sencilla. Ella respondía únicamente a la sensibilidad de un hombre al que la vida le había estrechado el campo de las posibilidades.

Aunque era un lector interesado nunca pudo tener mayor acceso a grandes textos que le indicaran un camino más propicio (porque digan lo que digan: aunque el poeta nace, también debe formarse) y Wasse no tuvo esa posibilidad.



Hacía sus versos quizás en sus momentos de ocio nocturno, cuando sus manos descansadas ya de tanto arreglar calzado se lo permitían o en medio de ese trabajo.



Me contaba Fernández, trabajador de la imprenta Iglesias de Arica, que para publicar su único libro, cuyo título olvido, ahorraba hasta en su alimentación.



Amaba tanto la poesía, su poesía, que no se iba a ir de este mundo sin dejar un testimonio de su hacer creativo.



Poesía básica, primaria, pero poesía. Poesía de un hombre del pueblo, de un poeta popular.



La poesía popular en Arica tuvo su mayor creador en Armando Báez (pariente del joven poeta Reinaldo Hugo), hombre que escribió magníficos textos que están esparcidos en diarios ariqueños de hace ya casi medio siglo.



Gastón Wasse, el poeta del pueblo, el hombre que amaba la palabra con la sencillez de sus conocimientos elementales, fue bastante conocido en Arica en los años que siguieron a la mitad del siglo pasado.



Me contaron una vez, hace ya muchos años, una exquisita anécdota vivida por nuestro rapsoda.



Un teatro de Arica le abrió las puertas para una lectura de sus trabajos. Se habían puesto –en diferentes puntos de la ciudad- afiches anunciando el recital. Llegó buena cantidad de gente.



El poeta leyó su poesía con la fuerza que le daba el saber que estaba haciendo lo que amaba.



En uno de sus poemas estaba el verso que decía: “¿Dónde van a parar los muertos?”. Llegado el momento de decirlo lo hizo con toda la voz que poesía. Su voz era potente, señalan.



Tras ello, de inmediato, con la chispa que tiene nuestro pueblo, no faltó el asistente que gritó: “Al cementerio, puh huevón”.



Todo la asistencia carcajeó y algunos aplaudieron ese chispazo de humor del asistente, no así el poeta que sintió –seguramente- que la sangre se le helaba.



Allí, me cuentan, se terminó el recital.



Gastón Wasse debió haber llorado por el impasse, pero también puede que se haya enfurecido…Era un hombre fuerte físicamente, pero al mismo tiempo un hombre sensible.



Pocas veces se le recuerda a este poeta popular, a esta figura del pueblo, a este zapatero que, entre su necesidad de sobrevivir, hacía versos.



Creo que justo sería que en Arica, su tierra, se le recordara en algún lugar.



Al fin y al cabo también forma parte de la historia de la ciudad.

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